Por Rosario Díaz Martínez.

En estos últimos 6 años, uno de los grandes aprendizajes de nuestras vidas ha sido aprender a soltar. Con esta palabra incluyo varios conceptos: el primero, soltar la vida que teníamos mi hija y yo junto a mi marido, Antonio, uno de los pilares más importantes de nuestra familia; y, segundo, soltarle a él, a su persona física.

En la primera fase de nuestro proceso, una de las lecciones que tuve que poner en marcha fue el vivir solo un día, ya que, al visualizar nuestras vidas sin él, el mundo se me venía encima. Esta herramienta (como yo lo suelo llamar) fue muy efectiva para superar la primera etapa del duelo, tan oscura y complicada. Al integrarla, pude ver que yo me iba tranquilizando y no entraba en caos, como pasaba al principio. Al solo vivir ese día, todo era un poco más fácil. Aprendí a vivir en mi nuevo y único presente. Así, vi que esto tenía un gran efecto rebote en mi hija que también vivía un gran caos en su mundo interno. Su papá siempre fue su “dios”.

Las dos seguiremos pensando siempre que está entre nosotras. Algo que fue, y sigue siendo, muy bonito es que siempre hablamos de él. A veces con una sonrisa en nuestros rostros y, otras, como no, con un nudo en la garganta. Pero nunca hemos dejado de hablar de él porque ya no estuviera físicamente entre nosotros. Este tema me parece muy importante porque pude observar que mucha gente a mi alrededor callaba todas esas memorias y trataba como un tabú el tema de la muerte. Sin embargo, yo quise romper esa parte.

En mi caso, debido al desenlace tan repentino de la partida de Antonio, tengo que decir que me quedé verdaderamente desorientada, perdida. En ese momento, pude observarme y ver como en mi ser habitaban varias partes de mí que estaban como desparramadas. Me sentía como cuando tiras una baraja de cartas sobre la mesa. Entre esas partes, la que primero pude rescatar fue la de madre, ya que sabía que para mi hija no sería nada fácil transitar por este proceso. Pienso que soy una mujer muy intuitiva. Se podría decir que hago caso a lo que se suele llamar “voz interior”. Esa que solo se puede escuchar si estás atenta porque es como un susurro.

Este punto también me parece importante porque, en este proceso que transitamos mi hija y yo, en sus momentos de crisis y llanto profundo, pude observar que las palabras sobraban entre nosotras. Solo el llanto nos calmaba. Y por eso, llorábamos juntas hasta que nos calmábamos. A día de hoy, creo que lo que aprendimos fue precioso.

En una ocasión, mi hermana me comentó la posibilidad de llevar a mi hija a un terapeuta, pero supe que no hacía falta. Con lo que habíamos vivido, mi voz interior me dijo “tu amor sanará a la niña”. Al pensar en estas palabras tan bonitas, las lágrimas empezaron a caer por mi rostro y decidí apostar por ello, por el amor, un instinto primario.

Esta fue mi experiencia y, a día de hoy, seis años más tarde, puedo decir que fue un gran regalo optar por hacer caso a esa vocecilla. Sin embargo, si hubiera tenido que acudir a terapia, por supuesto no hubiera habido ningún problema, también habría sido una opción perfecta.

Compartiendo todo esto, ojalá mi experiencia pueda servir a muchas personas que transitan por este proceso de la vida y, ojalá, muchas puedan escuchar su voz interior.

No quiero terminar si agradecer profundamente a esta Asociación. Me he dado cuenta de que hay muchos guardias que la desconocen. Yo siempre les doy las gracias a los compañeros de mi marido por formar parte de la Asociación porque hace mucho bien. Es algo muy profundo… Se que la felicidad es algo interno, no la tenemos que buscar en el exterior, pero el soporte de la APHGC te ayuda a estar más tranquila y pausada, sin tanta inquietud. Ojalá todas las personas que pasan por esta situación pudieran tener este apoyo.